Del blog 1000asuntos por Mila Ramos.

En los años 60, mi padre salió de mi pueblo buscando una vida mejor para su familia: mi madre, mi hermana, yo. Se fue a Suiza, cruzó a pie los Pirineos con otros dos amigos y después de grandes penalidades llegó a la tierra de promisión, consiguió un contrato casi de inmediato y siempre contó cosas buenas de la acogida; claro que mi padre era el hombre más positivo del mundo. No recuerdo la despedida, pero si cuando regresó a casa con una maleta de listas y unas muñecas preciosas, que aún hoy conservo. Mi tío y tías paternas salieron todas de su pueblo en busca de una vida mejor, huyendo del hambre y de la falta de oportunidades para ellas y sus hijos e hijas. Se fueron a Francia en un autobús que partió de la plaza, hubo abrazos y muchas lágrimas entre quienes se marchaban y aquellos que nos quedábamos, pero en medio de esa tristeza que inunda a quien abandona por imperativo de necesidad su casa, se imponía la esperanza de esa vida nueva, una vida mejor, el derecho a vivir con dignidad.

Érase una vez unas mujeres que decidieron salir de sus pueblos para buscar una vida mejor. Rokia, Samira, Cherif y su hija Fatim, salieron de su pueblo hipotecando cuanto tenían, da igual su país de origen, Nigeria, Costa de Marfil, Malí, República Democrática del Congo, Liberia,.. África Subsahariana, esa tierra inmensa, rica, esquilmada por los colonizadores hasta la extenuación, abandonada, empobrecida, explotadas, y, a pesar de todo, luchadora, trabajadora y constante en su empeño por sobrevivir. Las tres mujeres valientes y decididas y la pequeña Fatim, de 5 años, murieron la madrugada del 26 de agosto cuando la patera que salió de Dakhla en dirección a las islas Canaria, naufragó con 84 personas a bordo. Todas muertas. Rokia, Samira, Cherif y Fatim tenía un rostro conocido y una vida entera por vivir, habían llegado a Marruecos tras un arduo camino y estaban asistiendo al Centro de Atención Integral a Población Migrantes, que la ONGD Mujeres en Zona de Conflicto (MZC) tiene en Tánger. Mis compañeras Virginia y Laura las atendían, hablaban con ellas, compartían sueños y complicidades. Igualdades.

Virginia es Psicóloga y lleva más de tres años en Tánger atendiendo a mujeres y niñas subsaharianas, que han llegado a Marruecos después de cruzar países y un enorme desierto que te traga si te descuidas. La mayoría de ellas cuentan las violencias y humillaciones que han sufrido en el camino: abuso y esclavitud sexual, violaciones, embarazos no deseados, abortos, muchas de ellas traficadas, tratadas. Si, lo cuento otra vez, lo contaré miles de veces, porque son miles de mujeres y hombres los que están muriendo cada día en esa letal travesía en busca de una vida mejor, que no difiere ni un ápice de la que buscaron mi padre, su hermano y sus hermanas, las familias de cualquiera que pueda leer esto, a fin de cuantas, todos somos producto de una migración.

¿Quién es el responsable de esas muertes, evitables en toda medida? ¿Ellas y ellos por subirse en una patera o las políticas migratorias europeas que cierran las fronteras a cal y cando e invierten miles de millones de euros en una falsa seguridad? Deberíamos tocarnos las memorias y reflexionar sobre cómo hemos llegado al punto en el que estamos, en el que la vida del otro/de la otra, se devalúa hasta alcanzar el 0 absoluto. Muertes evitables.

Si no queremos que vengan, vale, en ese caso habrá que invertir en cooperación internacional, reactivas las economías de los países en vías de desarrollo, garantizar en acceso a la educación, a la sanidad y a un empleo. Invertir con las garantías plenas de que llegue a quien más lo necesita, evitando dar millones de euros a gobiernos corruptos que terminan por ser la mano ejecutora de sus verdugos, a fin de cuentas, el que da, mantienen al que pide y para mantener en status quo hay que callar, llenar las cuentas en paraísos fiscales mientras los Pueblos son asolados por la guerra, el hambre y las enfermedades curables. Todo se reduce a lo mismo: poder y dinero. Y en medio la muerte y el silencio cómplice, o aún peor: “¿para qué vienen? Que se queden en sus países.” Entre 1959 y 1973 emigraron al continente europeo 1.066.440 de personas; el 71% de los que salieron fuera de España en esos quince años.

¿De qué vamos?